EMOCIONES FABRICADAS

La niña a la que ya no le importaba vivir o morir, había dejado de amarrarse a una rama para salvarse de la fuerte corriente que el río llevaba. No le asustaba la muerte, pero temía tremendamente al dolor. Por ello jamás quería dejarse llevar.
Todas las emociones que había sentido siempre eran premeditadas porque su vida estaba minuciosamente planeada hasta el último detalle. Conocía de antemano lo que iba a sentir en cada momento, por lo tanto nunca existía la sorpresa, y siempre sabía cómo iba a reaccionar ante cualquier situación.
Su abuela había perdido el habla desde hacía tiempo debido a una terrible pero inminente enfermedad que la impedía exteriorizar sus sentimientos a través de palabras a las personas más queridas, entre las cuales se encontraba la nieta de la que hablamos.
El único cambio percibido en la anciana cada vez que la veía llegar, era el interminable manantial de lágrimas que empañaba sus ojos, fruto de la frustración que le producía no poder decir nada en absoluto.
La niña se había preparado tanto para afrontar la enfermedad de su abuela y cualquier otra cosa que pudiera provocarle sufrimiento, que un día de repente se dio cuanta de que no podía llorar. Cómo si el depósito de lágrimas que abastecía sus sentimientos se hubiera agotado por completo y como consecuencia también hubiera perdido la capacidad para sentir emociones.
Fue desde aquel momento cuando tuvo que fabricarlas artificialmente porque ya no sentía nada de manera espontánea. Pero ya se sabe que las emociones son intrínsecamente inesperadas, no deliberadas puesto que una emoción que se sabe que se va a experimentar no puede recibir tal nombre.
En esta situación se vio inmersa durante semanas, perfectamente acomodada en sus sentimientos de mentira. No sentía la necesidad de cambiar y ya había dejado de sufrir, pero ella en su totalidad se había convertido en una especie de autómata que veía las cosas sin atreverse a tocarlas, que tenía hambre pero no comía... Sentía vergüenza por el dolor propio y ajeno, y por ello no deseaba tener nada que ver con él.
Al no estar dotada de lágrimas que pudieran hidratar sus mejillas, éstas comenzaron a marchitarse, y sus ojos comenzaron poco a poco a volverse mates. Desapareció todo rastro de vida en su cara. Pero a pesar de ello, seguía vetándole el paso al desterrado dolor, al que no dejaba entrar en su alma vacua.
Hasta que un día aconteció un milagro al que dio paso la muerte, a la cual siguió otro milagro.
Parecía que la niña no iba a cambiar jamás, que siempre iba a permanecer amarrada a una rama por miedo a la corriente. Una llamada urgente interrumpió la calma de su tranquilo hogar, y una voz quebrada pidió a la familia de la niña que acudiera rápidamente al domicilio en el cual yacía la abuela en su lecho de muerte debatiéndose entre la misma y la vida.
Todos fueron catapultados hacia el lugar señalado, y una vez en la cama de la vieja, cada uno de los familiares pudo vomitar algunas palabras de cariño y consuelo al oído de la moribunda, ante las cuales ella sólo reaccionaba con lágrimas de infinita gratitud.
Cuando finalmente le tocó el turno a la niña, los ojos de la abuela observaron asustados su deteriorado rostro y todos quedaron boquiabiertos cuando de la boca de la anciana salieron las siguientes palabras:
Llora por mí cielo mío porque se que me quieres. No te avergüences nunca del dolor porque al igual que la alegría forma parte de la Vida.
Tras las débiles pero nítidas palabras de la moribunda, ésta expiró, y las lágrimas hicieron su salida triunfal de los ojos de la pequeña, que recuperó el brillo en los ojos y la tersura de su antigua cara, ya que por primera vez en mucho tiempo no sintió una emoción fabricada.

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