Saturday, July 15, 2006

ALGO QUE CONTAR


Escuché los gritos de un hombre que ya no era mi padre. Ya no se parecía a aquel hombre que me llevaba a Cortilandia en navidades y después me invitaba a comer churros con chocolate en la cafetería de San Ginés.
Mucho de lo que fue aquel hombre empezó a perderse cuando adquirió la costumbre de humillarme día sí y día también.

Aquella noche llegué entristecida por una discusión con un amigo que no había dejado de reñirme toda la tarde porque creía que no le contaba cosas lo suficientemente íntimas: Los amigos como tú y como yo tienen la obligación de contarse los problemas para así desahogarse y ayudarse mutuamente.
Por supuesto a mí no me ocurría nada, o al menos, nada grave había acontecido en mi vida recientemente, por lo que le insté a que cambiara de tema.

Algunas personas que se consideran amigas se creen que tienen el derecho de ser los destinatarios de todo tipo de secretos y siempre demuestran tener una necesidad patológica de preocuparse por los demás, para así escupirte a la cara sus estúpidos consejos y tomar decisiones por ti. Por supuesto nunca te dicen que has hecho algo bien.

Pues bien, volviendo al principio y dejando al margen las divagaciones sobre la amistad, aquel individuo que no era mi padre más que por el ADN que compartíamos, comenzó a bombardearme con berridos y frases inacabadas que definían, según él, mi naturaleza estúpida al haber dejado un plato de ensalada en la nevera más torcido de lo normal. Existía el riesgo de que el contenido de la ensaladera se derramara y claro, eso sería un hecho imperdonable y mucho más trágico que el que yo muriera aplastada bajo la rueda de un camión de diez toneladas.

El caso es que mientras oía de lejos las palabras desagradables que aquel extraño me profería desde el salón, escuché la explosión de mi corazón, y como si de un acto mecánico se tratara abrí el cajón de la mesa de la cocina y de él extraje el cuchillo que tenía la función de cortar el jamón. Lo empuñé con fuerza y lo escondí tras mi espalda. A continuación y como impulsada por una fuerza sobrenatural, salí despedida hacia el salón y sólo cuando vi clavado el arma en el vientre de aquel hombre insoportable, cesaron sus gritos, sus amenazas y también su vida, pero aun así no pudo evitar dirigirme una última mirada de odio.

Por fin se impuso el silencio.

A continuación y con las manos aún ensangrentadas cogí el auricular del teléfono y marqué el número de aquel muchacho que esa misma tarde se había autodenominado amigo mío. A los dos pitidos escuché su débil voz al otro lado de la línea:

- ¿Dígame?
- Hola, soy yo.
- Ah... ¿cómo estás?
- Mejor que esta tarde.
- ¿Piensas contarme por fin lo que te ocurre?
- Acabo de matar a mi padre.
- ¿Qué?
- Lo que oyes.
- ¿Por qué has hecho algo así?
- Porque quería tener algo que contarte.

Otra vez se impuso el silencio...

2 Comments:

Anonymous Anonymous said...

veo que has caido ante el poder de los blogs... y creo que ha sido un gran acierto...

pase buen verano y siga mostrando su maravillosa obra :)

8:38 AM  
Blogger Ángela said...

Que loca estás....jajajaja. Muy bien Paula, una nueva escritora de relatos cortos...jajaja.
Yo creo que voy a matar a mi padre ( cuando lo vea) para tener algo que contarle a mis amigos...jajaja.)
Nos vemos , un besiño.

1:06 PM  

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